jueves, 21 de julio de 2011

3 Mexicanos en Madrid

Madrid es la capital del país que nos heredó gran parte de su identidad. Los conquistadores llegaron a Tenochtitlán con el objetivo de expandirse y tener más riqueza, y se llevaron mucho, pero pocos hablan de lo mucho que también nos dejaron. Por eso es que me parece tan importante conocer su historia como la de los aztecas.

Como sea, íbamos llegando a la capital de uno de los países con más personalidad que he conocido, 2 mexicanos y una mexicana, todos de distintas regiones. Véanlo así: una norteña (Mexicali) que hace sus compras en Estados Unidos y quiere ser periodista de noticieros; no le gusta Mexicali, ama Italia y le gustaría vivir ahí; de grandes ojos y cabello rojo y con esa actitud que le permite obtener lo que quiera; siempre que sale de noche logra atraer la atención, lo sabe y le gusta. El segundo es del oeste (Colima), a pesar de no vivir justo en la costa tiene toda la actitud de un costeño; tiene habilidades para la cocina y muchos valores familiares, en minutos logra hacer amigos y en horas ya los puede considerar como hermanos; es demasiado expresivo y tiene hambre por conocer el mundo, aunque no le gusta viajar sólo. El tercero soy yo, un chico del centro (Puebla) quien decidió hacer un intercambio realmente por viajar y conocer otros mundos.

Iban llegando los 3 a un lluvioso Madrid. 3 meses antes ninguno sabía de la existencia de sus otros 2 acompañantes, sin embargo sólo podían confiar en ellos en un viaje de 10 días. Eran prácticamente unos desconocidos, pero iban a compartir una experiencia que jamás olvidarían: conocer 3 de las capitales más hermosas e interesantes del mundo. Los 3 tenían noción de lo que podrían encontrar en Paris y en Roma, pero hasta hace 2 días, no tenían idea de lo que había en Madrid.

El Hostal en Madrid y el Paseo de la Castellana


Íbamos caminando por una calle, no sabíamos a dónde íbamos, pero yo había estudiado el mapa y tenía idea de donde nos había dejado el autobús. A pesar de tener la noción, no tenía la certeza, así que sólo caminábamos esperando ver algo que nos resultara familiar cubriéndonos la lluvia con un paraguas chino de 2 euros que ya no funcionaba bien. Después de seguir las indicaciones de 2 mujeres y de un hombre con acento centroamericano llegamos a una esquina con 3 hostales y preguntamos. Fue el hostal de la chica rumana el que nos convenció; ella vivía ahí con su madre, estaba casada con un español, era rubia, guapa y muy amable y su acento la delataba. Después de dejar nuestro equipaje y comer en un Burger King frente a la estación Atocha, caminamos sobre el paseo del Prado tomando fotos de todo lo que nos parecía interesante y deteniéndonos en puestos de souvenirs, cosa que no me agradaba mucho porque teníamos sólo 2 días para conocer la ciudad. Seguimos caminando, inmortalizando momentos con nuestras cámaras de turista recorriendo todo el paseo de la Castellana con la intención de llegar caminando hasta la Plaza de la Castellana, cosa que no logramos, ya que apenas llegamos a las torres Colón y se hacía tarde así que tuvimos que regresar en autobús al Museo del Prado para aprovechar la hora de promoción.


El Museo del Prado


El museo es grande, si te detienes en cada sala a observar todo requieres de mucho tiempo. Después de un rato de caminar por sus infinitos pasillos José y Dulce salieron del museo para descansar. Yo no sabía si el siguiente día daría tiempo de regresar al museo, así que tomé la ruta rápida: busqué en folleto las obras más importantes y me fui en busca de Velazquez y Goya, mientras ellos curioseaban en las tiendas. Como si nos hubiéramos sincronizado, yo salía del museo justo cuando ellos regresaban de la tienda de souvenirs y seguimos nuestro camino sobre la calle de Alcalá, pasando antes por el templo de Jesús de Medinaceli donde José hizo una parada para dar gracias; Dulce y yo le hicimos segunda aunque al final terminamos más pendientes de la arquitectura y la gente; a fin de cuentas, éramos turistas. Saliendo de la iglesia salimos en busca de la plaza principal por la Carrera de San Jerónimo donde nos encontramos con el Congreso de los Diputados.


El Congreso de los Diputados


Yo buscaba la foto perfecta del congreso y sus 2 leones, cosa que por el día nublado parecía imposible; Dulce, vanidosa como siempre, posaba para mi foto y José hacía amistad con el policía que no nos dejaba subir con los leones y que finalmente terminó dejando a Dulce posar con los leones. A penas llevaba horas ahí y podía sentir un ambiente de paz que en pocas capitales se puede sentir. A pesar de la cantidad de turistas que había, me encontraba en una ciudad tranquila, limpia y ordenada. Mientras caminaba me preguntaba cómo sería Barcelona; todo el mundo me había dicho: "Madrid te va a encantar, pero Barcelona...Barcelona es otro nivel" (Cuando conocí Barcelona después, me di cuenta que eso es mentira; son ciudades muy diferentes sin ningún punto de comparación). A fin de cuentas dejé de pensar en eso... ¿de qué me sirve preguntarme cómo es Barcelona si estoy disfrutando Madrid?, ya habrá momento de caminar por esa ciudad, por ahora estoy justo en el Km 0, en la conocida Puerta del Sol donde está el oso y el madroño; así que ya sabía que estaba a unos cuantos pasos de la Plaza Mayor.


La Puerta del Sol y la Plaza Mayor


Ibamos camino a la Plaza Mayor cuando nos encontramos con otra tienda de souvenirs donde hubo otra parada obligada. Les comentaba a mis amigos por qué no me agradaba parar tanto en tiendas se souvenirs; yo decía: "primero conoces la ciudad y luego compras algo, así ese algo ya tiene un valor agregado: el recuerdo. Ese recuerdo es tuyo, no lo va a valorar alguien que no estuvo en esa ciudad, para él es un simple objeto, pero para ti es un recuerdo, no tienen el mismo valor para ambos, el souvenir debe ser para ti". Me quedé afuera observando 2 imágenes muy curiosas; una del Real Madrid con el portugués Cristiano Ronaldo como un héroe y otra del Barcelona con el argentino Lionel Messi en la misma postura de héroe y pensé: "¡Qué orgullosos se deben sentir los... españoles?".

Entonces llegamos a la Plaza Mayor, que no es tan sorprendente si ya tuviste la oportunidad de conocer la de Salamanca, así que fue una parada rápida antes de llegar al Palacio Real. Como ya era noche (y al decir noche en europa durante primavera significa que es demasiado tarde), nuestro cuerpo nos comenzaba a reclamar no sólo un descanso, sino alimento. Para eso entramos a un mercado y claro que después de 3 meses fuera, el restaurante mexicano que estaba en la primera esquina, era la mejor opción: una brasileña nos atendió y fueron tacos de cochinita pibil, tinga y mole poblano lo que comimos, descubriendo así que el mole poblano efectivamente debe ser hecho en Puebla y la cochinita pibil debe ser hecha en Yucatán, pero se agradecía.


El bar Mexicano, la Catedral y el Palacio Real


Nos despedimos de la amable brasileña y continuamos nuestro camino por la oscura calle, a pesar del cansancio y la hora seguimos el recorrido ya que tiempo no era precisamente lo que nos sobraba y justo cuando hablábamos de las ganas de unas margaritas que teníamos apareció frente a nosotros El Chavo del 8. Entramos al bar donde efectivamente tenían margaritas y pregunté: "¿Cuánto cuestan?"... me responde la señora: "¿Son mayores de edad?"...."Sí"...."¿Puedo ver sus identificaciones?"..."¿Para qué? Sólo quiero saber cuánto cuestan"... y es cuando un tipo calla su guitarra y me dice: "¡Hey! a mi reina me la respetas", entonces pensé en lo desagradable que era ser discriminado por tus propios compatriotas y nos retiramos.

Por fin llegamos al Palacio Real, no se si la monarquía trataba de ahorrar electricidad, pero estoy seguro que con más iluminación hubiera sido más espectacular, lo mismo la catedral. También puede ser que estábamos tan cansados que ya no podíamos apreciar, así que decidimos regresar. De regreso nos detuvimos de nuevo en la plaza del Sol donde encontramos algo curioso: Mariachis cantando llenos de público de todas las nacionalidades, nos unimos y descubrimos que sí había mexicanos agradables en Madrid. después de cantar Cielito Lindo y el Son de la Negra bajamos al subterráneo.


El metro de Madrid es el metro más limpio, seguro y ordenado que he usado en mi vida (mis puntos de comparación: Barcelona, Milán, Lisboa, Roma, México DF y París [ordenados del mejor al peor]). Tomando en cuenta que íbamos para la estación de Atocha, ya se imaginarán que nos tocaron trenes muy recientes y la seguridad estaría incrementada desde los atentados del 11 de marzo de 2004. La ciudad me seguía encantando, tiene un algo que te hace sentir bien. Regresamos al hostal de la Rumana donde hablamos entre muchas cosas sobre la idea que cada quién tenía de Dios, dejando la alarma lista para continuar al siguiente día temprano.

La Plaza de España y la Gran Vía


Salimos de hostal y volvimos a desayunar hamburguesas. Nuestro hostal estaba a una calle del Museo Reina Sofía, museo del que ahora me lamento nunca haber entrado y es que ese museo alberga obras surrealistas, mil veces hubiera preferido entrar a Reina Sofía que al Prado, pero no había tiempo. Doblamos en la calle de Santa Isabel donde encontramos una reunión de indignados con un concierto de Rock frente al Conservatorio de Música e hicimos una parada en el Starbucks. Tomamos el subterraneo ahora con rumbo a la Plaza de España, que en realidad es más bella de lo que se ve en fotos. Después de tomarnos fotos con el Quijote, Sancho Panza y con un hombre sin cabeza, caminamos hacia el Palacio Real, que en definitiva lucía mejor de día. El calor era muy fuerte, pero se disfrutaba bajo la sombra de los árboles de los Jardines de Sabatini. De ahí caminamos hacia la Glorieta de Don Vicente y entramos a un Centro Comercial. Es increíble lo que se puede caminar en menos de 2 días y el calor de la primavera ibérica no ayudaba mucho. Después de pasar por un granizado de limón seguimos hacia la Gran Vía, una de las más hermosas Avenidas que he visto en mi vida junto con el Paseo de la reforma en DF y Champs Elyseés en París (pero de eso hablamos después). La arquitectura en esa avenida es inigualable y 3 aviones del ejército adornaban de rojo y amarillo el cielo y toda esta sensación nos acompañó hasta la Puerta de Alcalá.


El Parque del Retiro


El parque del Retiro es definitivamente un lugar que te puede hacer olvidar que estás dentro de una ciudad. Es un ambiente muy pacífico y lleno de familias, payasos y vendedores ambulantes que te ofrecen por 10 euros imitaciones de cualquier tipo de gafas. El monumento de Alfonso XIII y el Palacio de Cristal tienen lagos, el primero con botes para navegar un rato. Después de nuestro "retiro" y de ver como un juego de 2 niñas terminó por hacer llorar a una de ellas (cosa que nos recordó nuestra infancia y a nuestros hermanos), fuimos a la estación del metro para llegar a la plaza de la Castellana, pero bajamos antes para conocer al menos por fuera el famoso Estadio de Santiago Bernabéu y de ahí caminamos hasta la Plaza de la Castellana para ver las famosas torres de la Caja Madrid. Cenamos en un restaurante sobre la Av. de Asturias y oficialmente ahí terminó nuestro paseo por Madrid. Regresamos en metro al hostal a dormir lo mejor posible para el siguiente viaje.


Al otro día, esperando el autobús al aeropuerto sentados afuera del impresionante edificio de Correos platicábamos de la sensación de que esos 2 días fueron como toda una vida y aún quedaban 3 ciudades por conocer. En el aeropuerto nos encontramos a otro mexicano (de Tabasco), quien nos tomó una foto y nos contó que iba rumbo a París a buscar a un amigo, intercambiamos teléfonos, pero nunca nos llamamos.

domingo, 17 de julio de 2011

Aventura en Sevilla

Era mi primera semana en una fría ciudad que hace meses ni siquiera sabía que existía, pero el hecho es que estaba ahí, del otro lado del atlántico pensando que no tenía nada ahí, pero con la emoción de comenzar una nueva vida... una vida provisional de 5 meses; una realidad alternativa en la que tenía que sobrevivir lejos de todo lo que conocía. Fue entonces que decidí ponerme el reto: conocer una ciudad cada fin de semana, y esta aventura comenzó en la ciudad que me enamoraría de España: Sevilla, una ciudad de la que tampoco sabía nada.

El Parasol Metropol


15 euros y 3 horas fueron suficientes para llegar a una ciudad que, a pesar del invierno, no se sentía tan fría como Badajoz, incluso la chamarra llegaba a estorbar, y así llegué a un mundo más parecido al mío; una ciudad con avenidas grandes y más tráfico, una terminal de autobuses con grafitis y una cantidad de turismo que me ayudaba a sentir menos extraño, al contrarío, la mayoría estaban tan perdidos como yo. Después de caminar por calles que me hicieron pensar que había llegado a un lugar "x" que no tendría nada de especial, apareció frente a mi, dentro de pequeños callejones y construcciones de un estilo muy único, una construcción que lucía muy vanguardista al lado de los edificios históricos que lo rodeaban: el Parasol Metropol, una obra moderna en medio del centro histórico de Sevilla, entonces comencé a tomar fotos. La arquitectura lo era todo. Con mi cámara inmortalizaba todo su estilo de vida, los bares llenos de gente parada afuera con una cañita (vaso de cerveza) en su mano... sí, tomar en la calle era lo más normal del mundo y todos hablaban con todos como si se conocieran de hace años.

Callejon en Sevilla con torre de iglesia

La Catedral y la Giralda


Pregunté por la Catedral y por supuesto, por la giralda, ya había escuchado algo sobre ella; las respuestas eran algo así: "sigue por esta calle y a la tercera giras a tu derecha y preguntas de nuevo, ya que esta ciudad es muy confusa"; y sí, tenían toda la razón, sus calles no eran como las de mi ciudad de origen, eran todo un laberinto, algunas se iban haciendo cada vez más estrechas y otras no tenían salida. Por fin llegué a una plaza y la vi: la Catedral, me di cuenta que la Giralda y la Catedral eran parte de lo mismo, la Giralda era el nombre de su torre, una torre construida por los moros que te hacía sentir en algún país del norte de África, me impresionó, la rodeé y después de eso noté unos grandes moños rojos moviéndose de aquí para allá sobre las cabezas de las mujeres más hermosas que había visto hasta entonces, esos rostros de ojos claros y sus sonrisas que te hacían pensar que la arquitectura no lo era todo en Sevilla, caminaban acompañadas de sus madres o sus amigas luciendo minifaldas con mallas y zapatillas rojas o negras; eran las mujeres más coquetas que había visto en mi vida, incluso las pequeñas tenían una actitud altanera y elegante, un tipo de belleza que iba más allá de lo físico, no eran sólo sus caras; era todo: su acento, su cultura, sus miradas.

Lateral de la Catedral de Sevilla rodeada de naranjas
Cúpulas de la catedral de Sevilla con los alcázares de fondo

La Gitana


Pensaba en lo bien que me sentía ahí cuando escuché la voz de una mujer: "Hey guapo, morenito guapo, te digo tu suerte" mientras me daba una especie de hierba como regalo. Había tanta gente a mi alrededor que no le temí a la gitana (y es que, cuando eres turista, lo menos que quieres es parecer prejuicioso). La gitana tomó mi mano y me decía cosas de mi vida, mientras yo la observaba y me decía a mi mismo: "¡una gitana ha tomado mi mano y me quiere decir mi futuro! ¡como en las películas!" escuché sólo la orden: "ahora dame tu otra mano y cierra los ojos", se la di, pero no cerré los ojos (no podía arriesgarme). Pensaba en esto cuando de pronto me pidió una moneda. Lo dudé, pero saqué un euro de mi bolsillo y se lo di: "¿Un euro vale tu suerte?" me dijo, y yo le respondí: "La suerte no tiene precio" y me huí de ahí.

La Giralda se ve desde un pequeño callejon en Sevilla

Como no sabía mucho de esa ciudad, compré mi billete para el turibús, debía tomarlo en la torre del oro, el lugar donde se dice que era recibido el oro proveniente de América; entonces me di cuenta que Sevilla tenía mucho más que ver con la historia de mi tierra de lo que yo pensaba. Ahí Colón planeó el viaje que resultó en el descubrimiento del nuevo mundo. Fue inspiración de músicos y escritores, la mezcla de culturas que hacen lo que ahora es el sur español: Los toros, el flamenco, las exposiciones mundiales y los viajes de los conquistadores; todo lo que sabía de España tenía su origen ahí: en Sevilla.

Torre del Oro de Sevilla con Palmeras

El Botellón y el Tren Eléctrico


Al atardecer el turibús regresó a la Torre del Oro y yo vi algo más que el cielo rojo sobre el Guadalquivir; vi algo que ya no era desconocido para mi porque ya lo había vivido en Badajoz: un botellón, pero este era diferente, aquí no hacía frío, era más temprano, aun había sol, había gente de todas las edades, de todas las nacionalidades, caminé entre ellos sintiendo esa sensación que nunca había sentido en mi vida, por primera vez en mi vida caminaba entre gente que no tenía idea de quien era yo. No era importante para nadie, a nadie le afectaba mi existencia (como dicen los Babasónicos): era "el murmullo de una ciudad que no sabe quien soy" y se sentía muy bien.

Cerca de la puerta de Jerez cené unos churros; pero no eran rectos, tenían forma de aro y se servían sin azúcar; muy diferentes a los de mi mundo, pero acompañados del chocolate más rico que haya probado. seguí caminando entre gente que pasaba en sus bicicletas y un tren eléctrico pasaba lentamente entre los peatones como uno más de ellos y decidí tomar el siguiente y donde me llevara buscar un lugar donde dormir. Compré un boleto que nadie me pidió, estaba en el primer mundo, pensando que pude haberme subido sin pagar, después llegué a la siguiente parada que, curiosamente era la última, ahí bajé y encontré un hostal donde me hospedé.

El tren urbano en el casco antiguo de Sevilla

La Plaza de España


Al siguiente día después de un desayuno en Pans & Co. que por 1.20 euros me daban un café y un pan dulce, contacté a una amiga, Aida, y después de comprar, entre otras cosas, un abanico sevillano, encontré a mi amiga poblana y fuimos a la famosa Plaza de España de Sevilla. De camino pasábamos entre varios ingeniosos carteles que promovían la donación de órganos y nos tomamos fotos. En la plaza de España, mientras esperábamos nuestro turno para subir a un bote noté la cantidad de talavera y Aida me explicó que, a pesar de que Puebla tiene la denominación de origen, en realidad la talavera provenía de Andalucía. Remamos mientras compartíamos nuestra experiencia en las primeras semanas de intercambio en España y la sensación que sentíamos al estar lejos de casa. En la tarde me despedí de mi amiga en la parada de su autobús y regresé a Plaza de Armas para tomar mi autobús de regreso. Éste fue mi primer escape de Badajoz y el inicio de una serie de viajes que me harían ver el mundo de otra forma.

Plaza de Toros de Sevilla vista desde la Giralda