domingo, 17 de julio de 2011

Aventura en Sevilla

Era mi primera semana en una fría ciudad que hace meses ni siquiera sabía que existía, pero el hecho es que estaba ahí, del otro lado del atlántico pensando que no tenía nada ahí, pero con la emoción de comenzar una nueva vida... una vida provisional de 5 meses; una realidad alternativa en la que tenía que sobrevivir lejos de todo lo que conocía. Fue entonces que decidí ponerme el reto: conocer una ciudad cada fin de semana, y esta aventura comenzó en la ciudad que me enamoraría de España: Sevilla, una ciudad de la que tampoco sabía nada.

El Parasol Metropol


15 euros y 3 horas fueron suficientes para llegar a una ciudad que, a pesar del invierno, no se sentía tan fría como Badajoz, incluso la chamarra llegaba a estorbar, y así llegué a un mundo más parecido al mío; una ciudad con avenidas grandes y más tráfico, una terminal de autobuses con grafitis y una cantidad de turismo que me ayudaba a sentir menos extraño, al contrarío, la mayoría estaban tan perdidos como yo. Después de caminar por calles que me hicieron pensar que había llegado a un lugar "x" que no tendría nada de especial, apareció frente a mi, dentro de pequeños callejones y construcciones de un estilo muy único, una construcción que lucía muy vanguardista al lado de los edificios históricos que lo rodeaban: el Parasol Metropol, una obra moderna en medio del centro histórico de Sevilla, entonces comencé a tomar fotos. La arquitectura lo era todo. Con mi cámara inmortalizaba todo su estilo de vida, los bares llenos de gente parada afuera con una cañita (vaso de cerveza) en su mano... sí, tomar en la calle era lo más normal del mundo y todos hablaban con todos como si se conocieran de hace años.

Callejon en Sevilla con torre de iglesia

La Catedral y la Giralda


Pregunté por la Catedral y por supuesto, por la giralda, ya había escuchado algo sobre ella; las respuestas eran algo así: "sigue por esta calle y a la tercera giras a tu derecha y preguntas de nuevo, ya que esta ciudad es muy confusa"; y sí, tenían toda la razón, sus calles no eran como las de mi ciudad de origen, eran todo un laberinto, algunas se iban haciendo cada vez más estrechas y otras no tenían salida. Por fin llegué a una plaza y la vi: la Catedral, me di cuenta que la Giralda y la Catedral eran parte de lo mismo, la Giralda era el nombre de su torre, una torre construida por los moros que te hacía sentir en algún país del norte de África, me impresionó, la rodeé y después de eso noté unos grandes moños rojos moviéndose de aquí para allá sobre las cabezas de las mujeres más hermosas que había visto hasta entonces, esos rostros de ojos claros y sus sonrisas que te hacían pensar que la arquitectura no lo era todo en Sevilla, caminaban acompañadas de sus madres o sus amigas luciendo minifaldas con mallas y zapatillas rojas o negras; eran las mujeres más coquetas que había visto en mi vida, incluso las pequeñas tenían una actitud altanera y elegante, un tipo de belleza que iba más allá de lo físico, no eran sólo sus caras; era todo: su acento, su cultura, sus miradas.

Lateral de la Catedral de Sevilla rodeada de naranjas
Cúpulas de la catedral de Sevilla con los alcázares de fondo

La Gitana


Pensaba en lo bien que me sentía ahí cuando escuché la voz de una mujer: "Hey guapo, morenito guapo, te digo tu suerte" mientras me daba una especie de hierba como regalo. Había tanta gente a mi alrededor que no le temí a la gitana (y es que, cuando eres turista, lo menos que quieres es parecer prejuicioso). La gitana tomó mi mano y me decía cosas de mi vida, mientras yo la observaba y me decía a mi mismo: "¡una gitana ha tomado mi mano y me quiere decir mi futuro! ¡como en las películas!" escuché sólo la orden: "ahora dame tu otra mano y cierra los ojos", se la di, pero no cerré los ojos (no podía arriesgarme). Pensaba en esto cuando de pronto me pidió una moneda. Lo dudé, pero saqué un euro de mi bolsillo y se lo di: "¿Un euro vale tu suerte?" me dijo, y yo le respondí: "La suerte no tiene precio" y me huí de ahí.

La Giralda se ve desde un pequeño callejon en Sevilla

Como no sabía mucho de esa ciudad, compré mi billete para el turibús, debía tomarlo en la torre del oro, el lugar donde se dice que era recibido el oro proveniente de América; entonces me di cuenta que Sevilla tenía mucho más que ver con la historia de mi tierra de lo que yo pensaba. Ahí Colón planeó el viaje que resultó en el descubrimiento del nuevo mundo. Fue inspiración de músicos y escritores, la mezcla de culturas que hacen lo que ahora es el sur español: Los toros, el flamenco, las exposiciones mundiales y los viajes de los conquistadores; todo lo que sabía de España tenía su origen ahí: en Sevilla.

Torre del Oro de Sevilla con Palmeras

El Botellón y el Tren Eléctrico


Al atardecer el turibús regresó a la Torre del Oro y yo vi algo más que el cielo rojo sobre el Guadalquivir; vi algo que ya no era desconocido para mi porque ya lo había vivido en Badajoz: un botellón, pero este era diferente, aquí no hacía frío, era más temprano, aun había sol, había gente de todas las edades, de todas las nacionalidades, caminé entre ellos sintiendo esa sensación que nunca había sentido en mi vida, por primera vez en mi vida caminaba entre gente que no tenía idea de quien era yo. No era importante para nadie, a nadie le afectaba mi existencia (como dicen los Babasónicos): era "el murmullo de una ciudad que no sabe quien soy" y se sentía muy bien.

Cerca de la puerta de Jerez cené unos churros; pero no eran rectos, tenían forma de aro y se servían sin azúcar; muy diferentes a los de mi mundo, pero acompañados del chocolate más rico que haya probado. seguí caminando entre gente que pasaba en sus bicicletas y un tren eléctrico pasaba lentamente entre los peatones como uno más de ellos y decidí tomar el siguiente y donde me llevara buscar un lugar donde dormir. Compré un boleto que nadie me pidió, estaba en el primer mundo, pensando que pude haberme subido sin pagar, después llegué a la siguiente parada que, curiosamente era la última, ahí bajé y encontré un hostal donde me hospedé.

El tren urbano en el casco antiguo de Sevilla

La Plaza de España


Al siguiente día después de un desayuno en Pans & Co. que por 1.20 euros me daban un café y un pan dulce, contacté a una amiga, Aida, y después de comprar, entre otras cosas, un abanico sevillano, encontré a mi amiga poblana y fuimos a la famosa Plaza de España de Sevilla. De camino pasábamos entre varios ingeniosos carteles que promovían la donación de órganos y nos tomamos fotos. En la plaza de España, mientras esperábamos nuestro turno para subir a un bote noté la cantidad de talavera y Aida me explicó que, a pesar de que Puebla tiene la denominación de origen, en realidad la talavera provenía de Andalucía. Remamos mientras compartíamos nuestra experiencia en las primeras semanas de intercambio en España y la sensación que sentíamos al estar lejos de casa. En la tarde me despedí de mi amiga en la parada de su autobús y regresé a Plaza de Armas para tomar mi autobús de regreso. Éste fue mi primer escape de Badajoz y el inicio de una serie de viajes que me harían ver el mundo de otra forma.

Plaza de Toros de Sevilla vista desde la Giralda

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